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ACADEMIA FILOSOFICA HEBREA SINAI
Blog de sinai
03 de Febrero, 2008 · General

Las Guerras de los Judíos

Las Guerras de los Judíos

Flavio Josefo

Libro Segundo

Capítulo I

De los sucesos de Herodes, y de la venganza del Águila de oro que robaron.

Principio fué de nuevas discordias y revueltas en el pueblo, la partida de Arquelao para Roma; porque después de haberse detenido siete días en el luto y llantos acostumbrados, abundando las comidas en la pompa a todo el pueblo (costumbre que puso a muchos judíos en pobreza, porque tenían por impío al que no lo hacía); salió al templo vestido de una vestidura blanca, y recibido aquí con mucho favor y con mucha pompa él también, asentado en un alto tribunal, debajo de un dosel de oro, recibió al pueblo muy humanamente; hizo a todos muchas gracias, por el cuidado que de la sepultura de su padre habían tenido, y por la honra que le habían hecho a él ya como a rey de ellos; pero dijo que no quería servirse, ni del nombre tampoco, hasta que César lo confirmase como a heredero, pues había sido dejado por señor de todo en el testamento de su padre. Y que por tanto, queriéndole los soldados coronar, estando en Hiericunta, no lo había él querido permitir ni consentir en ello, antes resistiólo a la voluntad de todos ellos. Pero prometió, tanto al pueblo como a los soldados, satisfacerles por la alegría y voluntad que le habían mostrado, si el que era señor del Imperio le confirmaba en su reino; y que no había de trabajar en otra cosa, sino en hacer que no conociesen la falta de su padre, mostrándose mejor con todos en cuanto posible le fuese. Holgándose con estas palabras el pueblo, luego le comenzaron a tentar pidién­dole grandes dones; unos le pedían que disminuyese los tributos; otros que quitase algunos del todo; otros pedían con gran instancia que los librase de las guardas. Concedíalo todo Arquelao, por ganar el favor del pueblo.

Después de hechos sus sacrificios, hizo grandes convites a todos sus amigos. Pero después de comer, habiéndose juntado muchos de los que deseaban revueltas y novedades, pasado el llanto y luto común por el rey, comenzando a lamentar su propia causa, lloraban la desdicha de aquellos que Herodes había condenado por causa del águila de oro que estaba en el templo. No era este dolor secreto, antes las quejas eran muy claras; sentíase el llanto por toda la ciudad, por aquellos hombres que decían ser muertos por las leyes de la patria y por la honra de su templo. Y que debían pagar las muertes de éstos aquellos que habían recibido por ello dineros de Herodes; y lo primero que debían hacer, era echar aquel que él había dejado por Pontífice, y escoger otro que fuese mejor y más pío, y que se debía desear más limpio y más puro.

Aunque Arquelao, era movido a castigar estas revueltas, deteníale la prisa que ponía en su partida, porque temía que si se hacía enemigo de su pueblo, tendría que no ir o detenerse por ello. Por tanto, trabajaba más con buenas palabras y con consejo apaciguar su pueblo, que por fuerza; y enviando al Maestro de Campo, les rogaba que se apaciguasen. En llegando éste al templo, los que levantaban y eran autores de aquellas revueltas, antes que él hablase hiciéronlo volver atrás a pe­dradas; y enviando después a otros muchos por apaciguarlos, respondieron a todos muy sañosamente; y si fuera mayor el número, bien mostraban entre ellos que hicieran algo.

Llegando ya el día de Pascuas, día de mucha abundancia y gran multitud de cosas para sacrificar, venía muchedumbre de gente de todos los lugares cercanos, al templo, a donde estaban los que lloraban a los Sofistas, buscando ocasión y manera para mover algún escándalo.

Temiendo de esto Arquelao, antes que todo el pueblo se corrompiese con aquella opinión, envió un tribuno con gente que prendiese a los que movían la revuelta. Contra éstos se removió todo el vulgo del pueblo que allí estaba: mataron mu­chos a pedradas, y salvóse el tribuno con gran pena, aunque muy herido. Ellos luego se volvieron a celebrar sus sacrificios como si no se hubiera hecho mal alguno.

Pero ya le parecía a Arquelao que aquella muchedumbre de gente no se refrenaría sin matanza y gran estrago; por esta causa envió todo el ejército contra ellos; y entrando la gente de a pie por la ciudad toda junta, y los de a caballo por el campo, y acometiendo a la gente que estaba ocupada en los sacrificios, mataron cerca de tres mil hombres, e hicieron huir todos los otros por los montes de allí cercanos; y muchos pregoneros tras de Arquelao, amonestaron a todos que se recogiesen a sus casas. De esta manera, dejando atrás la fes­tividad del día, todos se fueron; y él descendió a la mar con Popla, Ptolomeo y Nicolao, sus amigos, dejando a Filipo por procurador del reino y curador de las cosas de su casa.

Salió también, juntamente con sus hijos, Salomé y los hijos del hermano del rey, y el yerno, con muestras de querer ayudar a Arquelao a que alcanzase y poseyese lo que en he­rencia le había sido dejado; pero a la verdad no se habían movido sino por acusar lo que se había hecho en el templo contra las leyes.

Vínoles en este mismo tiempo al encuentro, estando en Cesárea, Sabino, procurador de Siria, el cual venía a Judea por guardar el dinero de Herodes; a quien Varrón prohibió que pasase adelante, movido a esto por ruegos de Arquelao y por intercesión de Ptolomeo. Entonces Sabino, por hacer placer a Varrón, no puso diligencia en venir a los castillos, ni quiso cerrar a Arquelao los tesoros y dinero de su padre; pero pro­metiendo no hacer algo hasta que César lo supiese, deteníase en Cesárea.

Después que uno de los que le impedían se fué a Antioquía, el otro, es a saber, Arquelao, navegó para Roma. Yendo Sabino a Jerusalén, entró en el Palacio Real, y llamando a los capi­tanes de la guarda y mayordomos, trabajaba por tomarles cuenta del dinero y entrar en posesión de todos los castillos; pero los guardas no se habían olvidado de lo que Archelao les había encomendado, antes estaban todos muy vigilantes en guardarlo todo, diciendo que más lo guardaban por causa de César que por la de Arquelao.

Antipas, en este mismo tiempo, también contendía por alcanzar el reino, queriendo defender que el testamento que había hecho Herodes antes del postrero era el más firme y más verdadero, en el cual estaba él declarado por sucesor del reino, y que Salomé y muchos otros parientes que navegaban con Arquelao, habían prometido ayudarle en ello.

Llevaba consigo a su madre y al hermano de Nicolao, Ptolorneo, el cual le parecía ser hombre importante, según lo que le había visto hacer con Herodes, porque le había sido el mejor y más amado amigo de todos. Confiábase también mucho en Ireneo, orador excelente y muy eficaz en su hablar, lo cual fué por él tenido en tanto, que no quiso escuchar ni obedecer a ninguno de tantos como le decían y aconsejaban que no contendiese con Arquelao, que era mayor de edad y dejado heredero por voluntad del último testamento.

Vinieron a él de Roma todos aquellos cercanos parientes y amigos que tenlan odio con Arquelao y lo tenían muy abo­Trecido, y principalmente todos los que deseaban verse libres y fuera de toda sujeción, y ser regidos por los gobernadores romanos; o si no podian alcanzar esto, querían a lo menos haber rey a Antipas.

Ayudábale a Antipas en esta causa mucho Sabino, el cual había acusado por cartas escritas a César, a Arquelao, y había loado mucho a Antipas. De esta manera Salomé y los demás que eran de su parecer, diéronle a César las acusaciones muy por orden, y el anillo y sello del rey, y el regimiento y admi­nistración del reino, fué presentado a CésÍr por Ptolomeo. Entonces pensando muy bien en lo que cada una de las partes alegaba, entendiendo la grandeza del reino y la mucha renta que daba, viendo la familia de Herodes tan grande, y leyendo las cartas que Varrón y Sabino le habían escrito, llamó a todos los principales de Roma, juntólos en consejo, cuyo presidente quiso que fuese entonces Cayo, nacido de Agripa y de Cayo, e hijo suyo adoptivo, y dió licencia a las partes para que cada una alegase su derecho.

Antipatro, hijo de Salomé, que era orador de la causa con­tra Arquelao, propuso la acusación, fingiendo que Arquelao quería mostrar que trataba de la contienda del reino solamente con palabras; porque a la verdad, ya venía había muchos días que había sido hecho rey, y ahora por tratar maldades delante de César y cavilaciones, no habiendo antes querido aguardar su juicio; y que él determinase quién quería que fuese el suce­sor de Herodes. Porque después que éste fué muerto, habiendo sobornado a algunos para que lo coronasen, asentado como rey en el estrado y debajo el dosel real, había, en parte, mudado la orden de la milicia y gente de guerra, y parte también había quitado de las rentas; y además de todo esto él había con­sentido, como Rey, todo cuanto el pueblo pedía: librado a muchos culpados de culpas muy graves, que estaban puestos en la cárcel por mandado de su padre; y hecho todo esto, venía ahora fingiendo que pedía a su señor el reino, habiéndose ya antes alzado con todo, por mostrar que César era señor, no de las cosas, sino de sólo el nombre.

Acusábale también de que había fingido el luto y llantos tan grandes por su padre, haciendo de día muestras y vistas de dolor y gran tristeza, y bebiendo de noche como en bodas, en banquetes y convites. Decía, finalmente, que el pueblo se había movido y revuelto por estos tan grandes escándalos suyos. Confirmaba toda su acusación con aquella multitud de hombres que dijimos haber sido muertos alrededor del tem­plo; porque éstos, habiendo venido para celebrar, según su costumbre, la fiesta, fueron muertos y degollados estando todos ocupados en sus sacrificios; y que habían sido tantas las muer­tes dentro del templo, cuantas jamás vieron acaecer en alguna otra guerra por gente extranjera, por grande y por cruel que hubiese sido. Sabiendo también Herodes la crueldad de éste mucho antes, no le pareció jamás digno de darle esperanza de su reino, sino cuando ya estaba loco, con el ánimo más enfermo que el cuerpo, ignorando también a quién hiciese heredero y sucesor en su segundo testamento; principalmente no pudiendo acusar en algo al que había dejado en el primer testamenu por sucesor suyo, estando con toda sanidad, así del cuerpo como del ánimo.

Pero para que cualquiera piense y crea haber sido a que postrer juicio de ánimo doliente y muy enfermo, él mismo había echado y desheredado de la real dignidad a Arquelao porque había cometido y hecho muchas cosas contra ella. Por­que, ¿qué tal podían esperar que sería, si César la dejaba y concedía la dignidad real, aquel que antes de concedérsela había hecho tan gran matanza? Habiendo Antipatro dicho muchas cosas tales, y habiendo mostrado por testigos a mu­chos de los parientes que estaban presentes en todo cuanto lo había acusado, acabó.

Levantáse entonces Nicolao, procurador y abogado de Arquelao, y antes de hablar de cosa alguna, mostró cuán nece­saria fué la matanza que habla sido hecha en el templo; por­que las muertes de aquellos por los cuales era Arquelao acusado eran necesarias, no sólo al reposo y paz del reino, sino también a la del juez de aquella causa; es a saber, de César: porque todos le eran enemigos, y supo mostrar cómo todos los que lo acusaban de otras faltas, le eran enemigos muy grandes y muy contrarios. Por esta causa pedía que fuese tenido por firme el segundo testamento de Herodes, porque había dejado en poder de César la libertad de hacer sucesor suyo y rey a quien qui­siese, porque uno que sabía tanto, que no osaba mandar algo contra el emperador en lo que él mismo podía, antes lo dejaba a él por juez de todo, no podía haber errado en hacer juicio y elegir heredero, y con corazón y entendimiento muy bueno había a escogido aquel que quería que lo fuese, pues que no habla ignorado quién tuviese poder para hacerlo y ordenarlo, y lo había dejado todo en su poder y mando.

Pero como declarado todo cuanto tenía que decir, hubiese acabado sus razones Nicolao, salió en medio de todos Arquelao, y llegóse a los pies de César con diligencia. Mandóle César levantar; mostró a todos que era digno de suceder a su padre en el reino, y determinadamente no juzgó por entonces algo. Pero el mismo día, habiendo despedido todos los del Consejo, él mismo pensaba solo entre sí lo que debía hacer: si por ventura conviniese hacer alguno de los que estaban señalados en el testamento sucesor del reino, o si lo partiría todo en aque­lla familia; porque eran tantos, que tenían ciertamente necesidad de socorro.

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Flavio Josefo

Libro Segundo

Capítulo I

De los sucesos de Herodes, y de la venganza del Águila de oro que robaron.

Principio fué de nuevas discordias y revueltas en el pueblo, la partida de Arquelao para Roma; porque después de haberse detenido siete días en el luto y llantos acostumbrados, abundando las comidas en la pompa a todo el pueblo (costumbre que puso a muchos judíos en pobreza, porque tenían por impío al que no lo hacía); salió al templo vestido de una vestidura blanca, y recibido aquí con mucho favor y con mucha pompa él también, asentado en un alto tribunal, debajo de un dosel de oro, recibió al pueblo muy humanamente; hizo a todos muchas gracias, por el cuidado que de la sepultura de su padre habían tenido, y por la honra que le habían hecho a él ya como a rey de ellos; pero dijo que no quería servirse, ni del nombre tampoco, hasta que César lo confirmase como a heredero, pues había sido dejado por señor de todo en el testamento de su padre. Y que por tanto, queriéndole los soldados coronar, estando en Hiericunta, no lo había él querido permitir ni consentir en ello, antes resistiólo a la voluntad de todos ellos. Pero prometió, tanto al pueblo como a los soldados, satisfacerles por la alegría y voluntad que le habían mostrado, si el que era señor del Imperio le confirmaba en su reino; y que no había de trabajar en otra cosa, sino en hacer que no conociesen la falta de su padre, mostrándose mejor con todos en cuanto posible le fuese. Holgándose con estas palabras el pueblo, luego le comenzaron a tentar pidién­dole grandes dones; unos le pedían que disminuyese los tributos; otros que quitase algunos del todo; otros pedían con gran instancia que los librase de las guardas. Concedíalo todo Arquelao, por ganar el favor del pueblo.

Después de hechos sus sacrificios, hizo grandes convites a todos sus amigos. Pero después de comer, habiéndose juntado muchos de los que deseaban revueltas y novedades, pasado el llanto y luto común por el rey, comenzando a lamentar su propia causa, lloraban la desdicha de aquellos que Herodes había condenado por causa del águila de oro que estaba en el templo. No era este dolor secreto, antes las quejas eran muy claras; sentíase el llanto por toda la ciudad, por aquellos hombres que decían ser muertos por las leyes de la patria y por la honra de su templo. Y que debían pagar las muertes de éstos aquellos que habían recibido por ello dineros de Herodes; y lo primero que debían hacer, era echar aquel que él había dejado por Pontífice, y escoger otro que fuese mejor y más pío, y que se debía desear más limpio y más puro.

Aunque Arquelao, era movido a castigar estas revueltas, deteníale la prisa que ponía en su partida, porque temía que si se hacía enemigo de su pueblo, tendría que no ir o detenerse por ello. Por tanto, trabajaba más con buenas palabras y con consejo apaciguar su pueblo, que por fuerza; y enviando al Maestro de Campo, les rogaba que se apaciguasen. En llegando éste al templo, los que levantaban y eran autores de aquellas revueltas, antes que él hablase hiciéronlo volver atrás a pe­dradas; y enviando después a otros muchos por apaciguarlos, respondieron a todos muy sañosamente; y si fuera mayor el número, bien mostraban entre ellos que hicieran algo.

Llegando ya el día de Pascuas, día de mucha abundancia y gran multitud de cosas para sacrificar, venía muchedumbre de gente de todos los lugares cercanos, al templo, a donde estaban los que lloraban a los Sofistas, buscando ocasión y manera para mover algún escándalo.

Temiendo de esto Arquelao, antes que todo el pueblo se corrompiese con aquella opinión, envió un tribuno con gente que prendiese a los que movían la revuelta. Contra éstos se removió todo el vulgo del pueblo que allí estaba: mataron mu­chos a pedradas, y salvóse el tribuno con gran pena, aunque muy herido. Ellos luego se volvieron a celebrar sus sacrificios como si no se hubiera hecho mal alguno.

Pero ya le parecía a Arquelao que aquella muchedumbre de gente no se refrenaría sin matanza y gran estrago; por esta causa envió todo el ejército contra ellos; y entrando la gente de a pie por la ciudad toda junta, y los de a caballo por el campo, y acometiendo a la gente que estaba ocupada en los sacrificios, mataron cerca de tres mil hombres, e hicieron huir todos los otros por los montes de allí cercanos; y muchos pregoneros tras de Arquelao, amonestaron a todos que se recogiesen a sus casas. De esta manera, dejando atrás la fes­tividad del día, todos se fueron; y él descendió a la mar con Popla, Ptolomeo y Nicolao, sus amigos, dejando a Filipo por procurador del reino y curador de las cosas de su casa.

Salió también, juntamente con sus hijos, Salomé y los hijos del hermano del rey, y el yerno, con muestras de querer ayudar a Arquelao a que alcanzase y poseyese lo que en he­rencia le había sido dejado; pero a la verdad no se habían movido sino por acusar lo que se había hecho en el templo contra las leyes.

Vínoles en este mismo tiempo al encuentro, estando en Cesárea, Sabino, procurador de Siria, el cual venía a Judea por guardar el dinero de Herodes; a quien Varrón prohibió que pasase adelante, movido a esto por ruegos de Arquelao y por intercesión de Ptolomeo. Entonces Sabino, por hacer placer a Varrón, no puso diligencia en venir a los castillos, ni quiso cerrar a Arquelao los tesoros y dinero de su padre; pero pro­metiendo no hacer algo hasta que César lo supiese, deteníase en Cesárea.

Después que uno de los que le impedían se fué a Antioquía, el otro, es a saber, Arquelao, navegó para Roma. Yendo Sabino a Jerusalén, entró en el Palacio Real, y llamando a los capi­tanes de la guarda y mayordomos, trabajaba por tomarles cuenta del dinero y entrar en posesión de todos los castillos; pero los guardas no se habían olvidado de lo que Archelao les había encomendado, antes estaban todos muy vigilantes en guardarlo todo, diciendo que más lo guardaban por causa de César que por la de Arquelao.

Antipas, en este mismo tiempo, también contendía por alcanzar el reino, queriendo defender que el testamento que había hecho Herodes antes del postrero era el más firme y más verdadero, en el cual estaba él declarado por sucesor del reino, y que Salomé y muchos otros parientes que navegaban con Arquelao, habían prometido ayudarle en ello.

Llevaba consigo a su madre y al hermano de Nicolao, Ptolorneo, el cual le parecía ser hombre importante, según lo que le había visto hacer con Herodes, porque le había sido el mejor y más amado amigo de todos. Confiábase también mucho en Ireneo, orador excelente y muy eficaz en su hablar, lo cual fué por él tenido en tanto, que no quiso escuchar ni obedecer a ninguno de tantos como le decían y aconsejaban que no contendiese con Arquelao, que era mayor de edad y dejado heredero por voluntad del último testamento.

Vinieron a él de Roma todos aquellos cercanos parientes y amigos que tenlan odio con Arquelao y lo tenían muy abo­Trecido, y principalmente todos los que deseaban verse libres y fuera de toda sujeción, y ser regidos por los gobernadores romanos; o si no podian alcanzar esto, querían a lo menos haber rey a Antipas.

Ayudábale a Antipas en esta causa mucho Sabino, el cual había acusado por cartas escritas a César, a Arquelao, y había loado mucho a Antipas. De esta manera Salomé y los demás que eran de su parecer, diéronle a César las acusaciones muy por orden, y el anillo y sello del rey, y el regimiento y admi­nistración del reino, fué presentado a CésÍr por Ptolomeo. Entonces pensando muy bien en lo que cada una de las partes alegaba, entendiendo la grandeza del reino y la mucha renta que daba, viendo la familia de Herodes tan grande, y leyendo las cartas que Varrón y Sabino le habían escrito, llamó a todos los principales de Roma, juntólos en consejo, cuyo presidente quiso que fuese entonces Cayo, nacido de Agripa y de Cayo, e hijo suyo adoptivo, y dió licencia a las partes para que cada una alegase su derecho.

Antipatro, hijo de Salomé, que era orador de la causa con­tra Arquelao, propuso la acusación, fingiendo que Arquelao quería mostrar que trataba de la contienda del reino solamente con palabras; porque a la verdad, ya venía había muchos días que había sido hecho rey, y ahora por tratar maldades delante de César y cavilaciones, no habiendo antes querido aguardar su juicio; y que él determinase quién quería que fuese el suce­sor de Herodes. Porque después que éste fué muerto, habiendo sobornado a algunos para que lo coronasen, asentado como rey en el estrado y debajo el dosel real, había, en parte, mudado la orden de la milicia y gente de guerra, y parte también había quitado de las rentas; y además de todo esto él había con­sentido, como Rey, todo cuanto el pueblo pedía: librado a muchos culpados de culpas muy graves, que estaban puestos en la cárcel por mandado de su padre; y hecho todo esto, venía ahora fingiendo que pedía a su señor el reino, habiéndose ya antes alzado con todo, por mostrar que César era señor, no de las cosas, sino de sólo el nombre.

Acusábale también de que había fingido el luto y llantos tan grandes por su padre, haciendo de día muestras y vistas de dolor y gran tristeza, y bebiendo de noche como en bodas, en banquetes y convites. Decía, finalmente, que el pueblo se había movido y revuelto por estos tan grandes escándalos suyos. Confirmaba toda su acusación con aquella multitud de hombres que dijimos haber sido muertos alrededor del tem­plo; porque éstos, habiendo venido para celebrar, según su costumbre, la fiesta, fueron muertos y degollados estando todos ocupados en sus sacrificios; y que habían sido tantas las muer­tes dentro del templo, cuantas jamás vieron acaecer en alguna otra guerra por gente extranjera, por grande y por cruel que hubiese sido. Sabiendo también Herodes la crueldad de éste mucho antes, no le pareció jamás digno de darle esperanza de su reino, sino cuando ya estaba loco, con el ánimo más enfermo que el cuerpo, ignorando también a quién hiciese heredero y sucesor en su segundo testamento; principalmente no pudiendo acusar en algo al que había dejado en el primer testamenu por sucesor suyo, estando con toda sanidad, así del cuerpo como del ánimo.

Pero para que cualquiera piense y crea haber sido a que postrer juicio de ánimo doliente y muy enfermo, él mismo había echado y desheredado de la real dignidad a Arquelao porque había cometido y hecho muchas cosas contra ella. Por­que, ¿qué tal podían esperar que sería, si César la dejaba y concedía la dignidad real, aquel que antes de concedérsela había hecho tan gran matanza? Habiendo Antipatro dicho muchas cosas tales, y habiendo mostrado por testigos a mu­chos de los parientes que estaban presentes en todo cuanto lo había acusado, acabó.

Levantáse entonces Nicolao, procurador y abogado de Arquelao, y antes de hablar de cosa alguna, mostró cuán nece­saria fué la matanza que habla sido hecha en el templo; por­que las muertes de aquellos por los cuales era Arquelao acusado eran necesarias, no sólo al reposo y paz del reino, sino también a la del juez de aquella causa; es a saber, de César: porque todos le eran enemigos, y supo mostrar cómo todos los que lo acusaban de otras faltas, le eran enemigos muy grandes y muy contrarios. Por esta causa pedía que fuese tenido por firme el segundo testamento de Herodes, porque había dejado en poder de César la libertad de hacer sucesor suyo y rey a quien qui­siese, porque uno que sabía tanto, que no osaba mandar algo contra el emperador en lo que él mismo podía, antes lo dejaba a él por juez de todo, no podía haber errado en hacer juicio y elegir heredero, y con corazón y entendimiento muy bueno había a escogido aquel que quería que lo fuese, pues que no habla ignorado quién tuviese poder para hacerlo y ordenarlo, y lo había dejado todo en su poder y mando.

Pero como declarado todo cuanto tenía que decir, hubiese acabado sus razones Nicolao, salió en medio de todos Arquelao, y llegóse a los pies de César con diligencia. Mandóle César levantar; mostró a todos que era digno de suceder a su padre en el reino, y determinadamente no juzgó por entonces algo. Pero el mismo día, habiendo despedido todos los del Consejo, él mismo pensaba solo entre sí lo que debía hacer: si por ventura conviniese hacer alguno de los que estaban señalados en el testamento sucesor del reino, o si lo partiría todo en aque­lla familia; porque eran tantos, que tenían ciertamente necesidad de socorro.

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