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ACADEMIA FILOSOFICA HEBREA SINAI
Blog de sinai
03 de Febrero, 2008 · General

Las Guerras de los Judíos

Las Guerras de los Judíos

Flavio Josefo

Libro Tercero

Capítulo I

De la vida del capitán Vespasiano, y de dos batallas de los judíos.

Cuando Nerón supo no haber sucedido las cosas en Judea prósperamente, quedó muy amedrentado, pero guardólo en secreto porque era así necesario, y fingiéndose airado delante de todos voluntariamente, se indignaba, diciendo que había todo aquello sucedido, más por la negligencia de sus capitanes, que por la virtud y valor de los enemigos; pero pensaba serle muy conveniente menospreciar lo acontecido, teniendo respeto al peso del gran imperio que regía; y por parecer que tenía mayor ánimo de lo que las adversidades requerían, aunque el cuidado que tenía mostraba claramente qué turbados tuviese sus pensamientos, y cuán triste estuviese en pensar a quién pudiese seguramente encomendar el cargo de todo el Oriente, que tan revuelto estaba, el cual tomase venganza de los judíos, que se rebelaban, y prendiese todas las otras regiones s naciones cercanas a éstas, que con el mismo mal estaban ya corrompidas.

Halló, pues, para estas necesidades a Vespasiano con ánimo no menor que las cosas requerían, el cual emprendiese una guerra tan importante, porque era varón ejercitado en ella desde sus primeros años hasta la vejez, y porque había ya dado señal de su virtud manifiesta al pueblo romano, apaciguando el Occidente, que estaba muy revuelto por los germanos, y había sujetado con armas toda la Bretaña, que nunca fué combatida por los romanos hasta entonces, por lo cual fué causa de que Claudio, su padre, triunfase sin poner trabajo en alcanzarlo,

Teniendo Nerón su confianza en esto, y riendo también que Vespasiano era hombre de madura edad y diestro en las cosas de la guerra, y que sus hijos eran penda y rehenes de la fidelidad que le había de guardar, de tal manera, que la edad floreciente de los hijos le daban manos para su trabajo, porque Dios aun no había ordenado el estado de la república, enviólo a regir los ejércitos que estaban en Siria, animándole con blandas palabras y ofrecimientos, según el tiempo requería.

Luego él, desde Acaya, adonde estaba con Nerón, envió a su hijo Tito a Alejandría para sacar de allí la quinta y la décima legión de la gente; y pasando él al Helesponto, vínose por tierra a Siria y allí juntó toda la fuerza romana, y tomo socorro grande de los reyes vecinos y comarcanos.

Los judíos, ensoberbecidos con la victoria que de Cestio hubieron, no podían reposarse ni refrenarse; pero moviéndolos, según parecía, la fortuna, determinaban aún hacer guerra. Por lo cual juntaron la más gente de guerra que pudieron, y vinieron a Ascalona, que es una ciudad antigua, edificada a setecientos veinte estadios de Jerusalén, enemiga siempre de ellos, lo cual fué parte que pareciese algo más cerca que todas las otras para dar en ella el primer combate.

Tenían tres varones por capitanes de esta empresa, muy esforzados en las armas y muy prudentes; el uno era Peralta Nigro, el otro Sila Babilonia, y el tercero Juan Eseno.

Estaba Ascalona rodeada de un muro muy fuerte, mas tenía dentro muy poca guarnición, porque solamente había una compañía de gente de a pie y otra de a caballo, cuyo capitán era Antonio. Habiendo, pues, ellos, con la ira que llevaban, hecho este camino con mucha diligencia, llegaron tan presto y tan en orden como si vinieran de alguna otra parte muy cerca.

Antonio, no sabiendo el ímpetu y la fuerza que traían, había ya salido con su caballería; y sin temor de la muche­dumbre ni del atrevimiento y audacia grande con que venían, resistió valerosamente a los primeros encuentros de los ene­migos; y llegándose a combatir el muro, los hizo retirar.

Los judíos, pues, ignorantes en las cosas de la guerra en comparación de la destreza de aquéllos, la gente de a pie con la de a caballo, y los sin orden con los muy bien ordenados, y los mal armados con los bien proveídos, confiándose más en el enojo e indignación que tenían que en el consejo y provisión buena, peleaban con los que estaban bien acostumbrados, y no hacían algo sin consejo ni mandamiento de su capitán; y así fácilmente fueron rotos; porque en la hora que los escuadrones primeros fueron desbaratados por la gente de a caballo de Antonio, todos los otros huyeron; y siendo forzados a huir hacia el muro, ellos mismos se eran enemigos; hasta tanto que, vencidos todos por la gente de a caballo, fueron esparcidos por todo el campo, el cual era muy ancho y muy cómodo para la gente de a caballo.

Esto ayudó mucho a los romanos para la matanza y estrago grande que hicieron en los judíos; porque turbábamos y des­ordenábanlos como iban huyendo, y mataban a cuantos al­canzaban; los otros, viéndose todos rodeados de enemigos, por cualquier parte que se volvían eran muertos con saetas y dardos.

Parecía a los judíos que estaban solos y sin compañía alguna, aunque era grande la compañía que tenían; tan desesperados estaban de alcanzar salud o remedio. Los romanos, aunque eran pocos, con haberles sucedido todo prósperamente, pensaban ser demasiados.

Queriendo, pues, los judíos vencer el caso adverso que les había acontecido, avergonzándose de huir tan presto, con­fiaban que la fortuna se mudaría, y no fatigándose los ro­manos en proseguir la victoria, alargaron la pelea casi por todo el día, hasta tanto llegaron los judíos, que aquí murieron a número de diez mil; y dos capitanes, Juan y Sila; los demás, quedando la mayor parte herida y maltratada, huyeron con Nigro, quien sólo quedó vivo de los capitanes, a un lugar de Idumea que se llama Salís. Algunos de los romanos fueron también heridos en esta batalla.

Pero no se aplacaron los ánimos de los judíos con tan gran matanza, antes los incitó el dolor que tenían a mayor atrevi­miento; y menospreciando tantos muertos como veían delante de sus pies, movíanse a otra matanza, acordándose de los sucesos prósperos que antes les habían acaecido. Por lo cual, pasando algún tiempo en este medio, aunque no tanto cuanto fuera necesario para que los que estaban heridos pudiesen convalecer, juntando todas las fuerzas que pudieron y mucho mayor número de gente que antes vinieron, volvían a Asca­lona algo más enojados que la primera vez, acompañándolos siempre, además de la poca destreza y otras faltas que en las cosas de la guerra tenían, la misma mala fortuna.

Porque habiéndoles puesto Antonio asechanzas por donde habían de pasar, cayendo de improviso en sus manos y ro­deado de los de a caballo, antes que los judíos pudiesen orde­narse para pelear, mataron más de ocho mil de ellas; los otros todos huyeron, y con ellos el capitán Nigro, mostrando bien la grandeza de su ánimo en muchas cosas que huyendo hizo, reco­giendo a todos, porque ya los enemigos estaban muy cerca, en un castillo muy fuerte y muy seguro de un lugar que se llama Bezedel.

Viendo Antonio que la torre o castillo era inexpugnable, por no perder allí mucho tiempo en cercarlo, y por no dejar vivo al capitán más valeroso de todos sus enemigos, pusieron gran fuego al muro, y quemando la torre los romanos, se volvieron con gran alegría, pensando que Nigro sería también quemado; pero éste se supo guardar y librarse de este peligro, pasando de la torre a una gran cueva del castillo; y tres días después, buscándolo allí sus compañeros para sepultarlo, pa­reció, por lo cual los judíos recibieron placer muy grande, como por un capitán guardado por providencia divina para las cosas que habían de suceder después.

Vespasiano, llegado su ejército a Antioquía, que es la principal ciudad y cabeza de todo Siria, y tiene sin duda el tercer lugar entre todas cuantas están sujetas al Imperio de los romanos, tanto en su grandeza como en ser fértil y abundante de toda cosa, halló allí al rey Agripa que lo aguar­daba con su ejército, y así vino a Ptolemaida.

En esta ciudad le salieron al encuentro los seforitas, ciuda­danos de un lugar de Galilea, solos éstos, pacíficos por el cui­dado que de su propia salud tenían, y por saber también las fuerzas de los romanos; y antes que Vespasiano viniese, se habían juntado con Cestio Galo, y con toda amistad habían tomado socorro de su gente y guarnición, los cuales, recibiendo entonces muy benignamente al capitán enviado por el empe­rador, le prometieron ayudarle contra sus propios naturales.

Dióles por guarnición Vespasiano tanta gente de a pie y de a caballo, cuanta entendió serles necesaria para defenderse de toda fuerza que les quisieren hacer, si los judíos, por ventura, querían innovar algo; porque parecióle que no era pequeño peligro, si Séforis, que era la mayor ciudad de Galilea, les fuese quitada, porque estaba asentada en un lugar muy seguro, y había de ser para guarda y socorro de toda la gente.

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publicado por sinai a las 13:04 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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